Este año empecé a construirme herramientas para quitarme esa talacha y llegar más rápido a la parte que sí me toca.
El editor que arma
Para una serie documental de veinticuatro entrevistas armé un sistema de agentes que trabaja dentro de DaVinci Resolve. Le doy los capítulos en papel y él construye los timelines: clips, subtítulos, marcadores y una hoja de revisión para mí.
Cada cita se verifica palabra por palabra contra la transcripción. Si la persona no lo dijo exactamente así, no entra. Varias citas de los guiones viejos no existían tal cual, y la verificación las cachó.
Diez capítulos y un tráiler quedaron armados. Después les di una pasada a mano a todos, como siempre.
El colorista que mide
Para igualar tomas de dron con cámara de mano, el sistema mide la exposición de cada toma contra la vecina. En un recorrido de 59 tomas, el salto entre tomas vecinas bajó de 0.75 a 0.20 stops.
Me propone tres looks. Yo elijo uno.
Los títulos
Títulos animados que se escriben con código y salen listos para el editor. Los pruebo encima del color final antes de entregarlos.
Las fotos
En Lightroom, el sistema revela con mi estilo guardado y aparta las fotos con ojos cerrados. La selección y la última mirada al color y a la piel son mías.
Lo que no hace
El gusto sigue siendo mío. El color de los 373 clips de la serie no lo inventó nadie: se copió, clip por clip, de un corte que hice a mano. El audio lo muevo yo, un fader por voz, porque ahí está el oído. Y los timelines los pido desarmados, cada cámara en su pista, para editar encima como siempre he editado.
El sistema me da opciones sobre la mesa. Decidir sigue siendo mi trabajo.
